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Cada día intento no pensar en ello, intento hacer mi actividad dentro de sus limitaciones, si me canso paro, y después continuo. Es fácil.
Pero cuando llega ese día, en que te cuesta hasta respirar, es entonces cuando maldices hasta ese pajarillo que canta en la ventana. Estoy en la cama y me resisto a dejarmen vencer, no me da la gana que esto pueda más que yo. Y cuando intento escribir una palabra que no recuerdo, y que está en la punta de la lengua, casi me dan ganas de llorar. Dicen que a menudo que crecemos las neuronas se comportan de una manera extraña. Envejecen, como nosotros y se producen esos lapsus, esas interrupciones temporales, esa caida de ojos en que sólo tienen ganas de dormir. Quizás sea esa la causa, pero cuando veo a esas mujeres con 60 y tantos que salen a pasear, que van a bailar, que hacen mil y una actividades, siento tanta envidia y tanta rabia. Estoy muy cansada, sólo tengo ganas de tumbarme y descansar hasta mañana, y no es que halla corrido la maraton ni haya subido Les Cingles d'En Berti, ni siquiera he ido andando hasta el colegio de mi hija. De repente, estás tranquilamente sentada y te sobreviene un cansancio atípico, unas ganas de desconectar del mundo y de que el mundo se olvide de ti. Estos días me siento mutiliada.
