LAS OCHO MONTAÑAS

Las ocho montañas 
Paolo Cognetti
Random House 
Traducción: César Palma
224
17,90 euros 

Premio Strega en Italia, 
Premio Médicis a la novela extranjera en Francia. 
Traducido a más de treinta idiomas. 

Pietro y su  familia, compuesta por su padre y su  madre viven en Milán. Cuando llega el verano se trasladan a un pueblecito de los Alpes italianos para pasar las vacaciones Allí conoce a Bruno, un niño de su edad que nunca ha salido el pueblo y que pastora las vacas de su tío.Son muchas las cosas que les separan, pero verano tras verano los dos se hacen amigos en el que ambos aprenden a vivir admirando la montaña. Tienen apenas once años y un mundo entero les separa. Descubren sus secretos en forma de casas abandonadas y senderos por los que nunca antes nadie había transitado. Con ellos muchas veces va el padre de Pietro, un hombre agobiado de la ciudad y que solo desea que lleguen aquellas vacaciones para irse a desatar su pasión por la montaña. Es su motivación principal. Es la única manera en que se relaciona y comunica con su hijo, porque durante el resto del año son dos perfectos desconocidos.

La relación de Bruno y Pietro es de sincera amistad y de vivencias que perduran a lo largo de los años y que de alguna manera siempre están conectados como piedras duras y hoscas. El támdem Gianni, Pietro y Bruno es uno de los ejes emocionales en la novela, con ellos subiremos montañas y aprenderemos cosas como qué es la media y alta montaña, la parte de sol y de sombra o porqué son tan diferentes los Alpes del Himalaya. Y aprenderemos a apreciar el cielo estrellado y la apabullante persistencia de la nieve. Subiremos rocas, desfiladeros, cerros y aquellos lugares donde solo un alpinista especializado puedo llegar.




Leí esta esplendida novela hace un tiempo. Como últimamente las circunstancias de la vida me han llevado a varios altibajos tardé un poquito en leerla, cosa de la que me arrepentí de seguida. Una lectura fácil que te lleva a recorrer desde los Alpes italianos hasta el Nepal en una aventura de vida y de sentimientos callados.
Para mi es una novela de silencios, eso silencios que se producen entre hombres para mostrar sus emociones. Los que buscan todos los personajes al alejarse de la ciudad y lo único que de verdad le pertenece a Bruno, que nada tiene en la vida a parte de la montaña. El paso vital de todos los personajes va en paralelo con la de aquellos Alpes ignotos y descarnados  muchas veces y que no lo son más que cualquier gran ciudad del mundo o cualquier persona que vive una vida que no le gusta.


"Las ocho montañas debe mucho a los románticos alemanes y su nueva sensibilidad hacia la naturaleza. Fueron ellos los primeros en hablar de ella del modo en que lo hacen, segun  Bruno, lo urbanitas.  Pero Cognetti debe mucho a autores norteamericanos que bebieron de los románticos, como Henry David o Thoreau.

NI ERAN TRES, NI ERAN REYES NI MAGOS

No eran reyes, ni eran magos, eran tres astrólogos Babilonios, hombres sabios que observaban la bóveda celeste y predijeron un fenómeno fuera de lo común, como una alineación del Sol, La Tierra, Júpiter y Saturno.y la estrella que vieron en el cielo eran las que formaban el horóscopo del niño que nació en aquel momento, Piscis.
La tradición judeocristiana, muy dada a reescribir la historia intentó darnos un dogma con el nacimiento de Cristo, el Salvador, el hijo de Dios. Y es la que conocemos hoy, por eso, sólo reyes podían adorar a un rey recién nacido. Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”.

Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo
No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén. La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes

MI PADRE - FRAGMENTO DE LA NOVELA TATUAJE




Mi padre era silencio a veces aunque también era la persona más activa que he conocido en toda mi vida. Eso sí, sin que demasiada gente se enterase. Sin excesiva propaganda.  Siempre estaba haciendo algo, lo que fuese. Su vida era tener todo el tiempo ocupado y no pensar. Es lo que dicen que deberíamos hacer todos para no advertir como pasan los días. 

Le veía muy poco, a mi padre quiero decir. Apenas el domingo por la mañana, el día de fiesta por excelencia. Y no porque en nuestra casa profesáramos ninguna religión en particular, sólo puedo decir que mi madre y mi abuela y mi bisabuela y así hasta dónde se podía recordar rezaban a todos los santos antes de dormir pero ni íbamos a misa los domingos ni pisábamos la iglesia nunca, excepto para cumplir con el rito impuesto del bautizo y la comunión.

El domingo por la mañana mi padre llamaba a uno de mis hermanos desde la cama y le daba dinero para que fuese a comprar una caja grandota de galletas de coco y nata. Y todos nos íbamos a su habitación a disfrutar del regalo de tener un padre. Lo de menos eran las galletas, aunque hay que decir que no las comíamos cada día. Sólo los domingos. Él no gastaba nunca de más en nada, ahorraba hasta la última peseta que ganaba así que aquel dinero estaba bien invertido para él. Y para nosotros ese día era especial. Todos juntos, encima de su cama, riendo y comiendo un desayuno de reyes. Dejando la cama llena de migajas y hablando sin tapujos entre bocado y bocado. 


Los lunes, se marchaba y le perdíamos de nuevo. Hasta el siguiente domingo por la mañana. Siempre estaba trabajando, en lo que fuese y cuando no había trabajo se iba a buscar caracoles, espárragos, almendras, cerezas, albaricoques, nueces, setas…

RUMORE


RUMOR

Un rumor es una información cuya veracidad está en duda o no puede corroborarse

Los rumores suelen surgir para condicionar el pensamiento o la conducta de las personas con una finalidad. Pese a que, al menos en un primer momento, no se puede confirmar su veracidad, los comentarios no tardan en reproducirse ya que suelen ser impactantes o polémicos.

Un rumor nace en el seno de cualquier familia normal, en cualquier bar, en cualquier comercio o en la calle de cualquier pueblo de nuestra extensa tierra. Normalmente quien lo inicia es una persona con bajos conocimientos y que cree que con su testimonio puede ayudar a otra persona y sacar a cambio un rédito personal. Evidentemente es un testimonio sin contrastar y sabe que a la persona que se lo va a decir, también con bajo rendimiento intelectual, no va a dudar de su palabra ni se va a permitir el lujo de preguntar a quien "en teoría" ha iniciado el rumor.

A ver si me explico, pongamos el caso del señor X, un cargo político, que ha tenido una aventura amorosa con Y, y después ha difundido que la señora Y es una puta por acostarse con él. (Tipical hispanish). 

A la señora Z le produce tal repulsa que lo transmite a la señora MINDUNDI CUALQUIERA que cree que es su amiga. Pero la señora MINDUNDI CUALQUIERA va al señor X y le dice que la señora Z ha dicho que está acosando a mujeres (FALSO, porque en principio solamente es una información que debería de avergonzar al señor X por insultar a una mujer por lo que él ha hecho sin ningún remordimiento).

El señor X, muy enfadado va a la policía a denunciar a la señora Z porque ha dicho que él acosa sexualmente a mujeres. (rumor extrapolado) La policia que no es tonta pide pruebas. No hay. 

El señor X le cuenta a su familia que la señora Z le está difamando. Su familia sabe que algo hay pero hay que limpiar la reputación del señor X. 
La mujer del César no solo tiene que ser honrada sino que tiene que parecerlo

La familia del señor X dice a sus amistades que la señora Z está haciendo correr una información falsa  cuando ha sido la señora MINDUNDI CUALQUIERA quien ha iniciado toda esa farsa.

La señora APROVECHO DE LA OPORTUNIDAD se hace con el discurso y además acusa a la señora Z de atacarla personalmente en las redes sociales, sin contrastar con la señora Z nada de nada.

Y es así cuando al final quien tiene la culpa es la señora Z por denunciar un hecho machista y heteropatriarcal muy común entre los pueblos de la españa profunda.

Y es así, señoras y señores, como un rumor se extiende y hace que los que se van incorporando al teatro tengan como único propósito anular a la señora Z que un dia se le ocurrió decir que un macho hispánico había insultado a una mujer por hacer algo que a él no le había comportado ningún problema.

Y es así como funciona españa, con machos ibéricos y con oportunistas y mentirosas. Y los palmeros, sin ellos esta función no tendría ningún éxito.

25N NO ES NO



Durante mi vida he sido víctima de violencia sexual y de violencia de género por parte de hombres. Culpables de su desidia y mala educación o escasa, que viene a ser lo mismo.

Pero la violencia que más daño me ha hecho es la violencia que practican las mujeres contra otras mujeres, por la razón que sea, porque quieren ser vistas, porque quieren poder, porque quieren demostrar que valen, porque quieren... no saben lo que quieren.
Seguramente ellas también ha sido víctimas de algún tipo de violencia. Y siendo víctimas se ponen de parte del hombre que maltrata, que viola y que miente sin saber que se están convirtiendo en lo que dicen denunciar. No saben lo que quieren.

Porque se ponen pulseritas del No es No, STOP VIOLENCIA, LIURES DE MASCLISME I tantos otros eslogans, pero cuando un hombre les dice lo que tienen que hacer agachan la cabeza y lo hacen. Son esclavas consentidas.

Hermana, por todo lo que he pasado si algún día te ocurre algo, yo daré la cara por ti y me enfrentaré a los demonios, Aunque tú me hayas enviado al infierno sin preguntarme nada.

Porque me han quitado tanto que ya no tengo miedo. Y yo si que defenderé tu derecho a ser mujer en un mundo de hombres.

TE MIRO Y TIEMBLO



Cuando tienes un aviso de ictus siempre queda alguna secuela por muy rápido que vayas al médico de urgencias. Las mías son que repito como una tartamuda algunas palabras y que una de mis pupilas se dilata más que la otra (la que recibió las consecuencias del ictus isquémico). 

Y hoy es uno de esos días en que una de mis pupilas está más dilatada que la otra porque la luz del día es hiriente porque no hay sol y viene de todos lados. La sensación de que mi ojo derecho parece que se va a salir da la órbita, mientras que el izquierdo apenas si ve. ¿Habéis probado de taparos un ojo y a oscuras encender una vela y mirar solo por uno de ellos?  Lo de la vela es un clásico de mi juventud, podía dilatar tus pupilas con la luz de una vela. Con eso os podréis hacer una mínima idea de como veo yo ahora mismo.

Y sobre todo, sobre todo, si un día os despertis con un fuerte dolor de cabeza, sin poder articular una palabra y con la boca torcida, acudid inmediatamente a un médico, no llaméis al 112, llamad a una ambulancia. Es cuestión de horas tener más o menos secuelas.


Nos quedamos en la edad en la que nos hizo falta amor

Con mucha frecuencia me encuentro con personas que por fuera parecen de 20, 30 o 40 años, pero en su interior son como si se hubiesen quedado en su mas tierna infancia, aún añoran el amor que les hizo falta cuando eran pequeños. Y se quedan así hasta el momento en el que por su cuenta aprenden a encontrar la satisfacción en sí mismos
Nos quedamos en la edad en la que nos hizo falta amor.
Cada etapa tiene sus necesidades, es decir, la forma en que requerimos del cuidado y amor de los padres cambia año tras año.
En la etapa temprana de la niñez se forma la confianza, por eso en este punto de la vida el amor se expresa con los cuidados de la madre y su atención a las necesidades del niño. Si durante esta fase el cariño de la madre es poco constante o ella rechaza a su hijo, eso puede causar en él desconfianza y temor excesivo por su bienestar.
En la vida adulta es dificil establecer contacto con este tipo de personas; cuando entablan una relación de pareja es común que sientan la necesidad de probar a la otra persona, sometiéndola a situaciones que la hagan demostrar su fidelidad. Cuando se trata de relaciones interpersonales especialmente cercanas, pueden sentirse vulnerables e indefensos.
Un par de años mas tarde, a los 2 o 3 años de edad, el niño aprende a ser autónomo y desarolla el autocontrol. Si los padres dificultan el desarrollo de estas áreas, por ejemplo haciendo ellos lo que el niño puede hacer por si mismo sin dificultad, o por el contrario esperan que haga cosas que le serían imposibles, entonces se crea la sensación de vergüenza. Por otro lado, si los padres corrigen en exceso a su hijo sin tener en cuenta las necesidades reales y naturales de su edad, es de esperar que el nño tenga problemas para controlar el mundo que lo rodea, y controlarse a sí mismo.
Ya siendo adultos, en vez de ser seguros de sí mismos, este tipo de personas sienten que los demás los analizan detalladamente y los tratan con desconfianza y/o desaprobación. Tambien es posible que presenten síntomas de trastornos obsesivo-compulsivos y delirio de persecusión.
A la edad de 3 a 6 años el amor se demuestra incentivando la independencia, apoyando la iniciativa, la curiosidad y la creatividad. Si los padres no permiten que el niño actúe de manera autonoma en esta fase, y responden con castigos desmesurados al comportamiento del pequeño, se desarrollará en él el sentimiento de culpa.
La vida adulta de una persona con este tipo de carencias se caracteriza por la falta de enfoque y resolución para trazarse metas reales y alcanzarlas. Además, el constante sentimiento de culpa puede ser la causa de pasividad, impotencia o frigidez, y también de comportamiento psicopático.
En la edad escolar se desarrollan la diligencia y el amor al trabajo. Si en este periodo se duda de las capacidades del niño o de su estatus con relación a otros de la misma edad, eso puede quebrantar el deseo de seguir estudiando, y tambien puede dar paso al sentimiento de inferioridad que en el futuro acabará con su propia seguridad en su capacidad de ser un miembro activo y productivo de la sociedad.
Si los niños perciben los logros escolares y el trabajo como el unico criterio que determina su éxito, entonces en la vida adulta ellos seguramente se convertirar en la así llamada “masa trabajadora“ en la jerarquía de roles de la sociedad establecida.
Propongo extenderle la mano a tu niño interior, y ayudarlo a crecer. Para eso, busca una fotografía tuya de cuando eras pequeño, o sencillamente imaginate al niño que vive en tí. ¿cuántos años tiene? ¿cómo se ve? ¿en qué piensa? ¿quién está a su lado? ¿que le preocupa?
Habla con él.
Toma una hoja de papel y dos lápices de colores diferentes, uno con la mano derecha y el otro con la izquierda. Si eres diestro, con tu mano derecha será tu ”yo" adulto quien escriba, y con la izquierda será tu “yo” niño quien tome la palabra. Si eres zurdo, lo haces al contrario.
Ahora solo se trata de tí y tu niño interior. ¿Quién hablará primero? ¿como empezará la conversación? Las respuestas que obtendrás podrían ser inesperadas y sorprendentes.
Ahora, ya que encontraste a tu niño interior y estás hablando con él, es la hora de que entre los dos surja una relación: Conversa con ese niño todo el tiempo que él quiera, Pregúntale qué le hace falta: dale lo que pida. Llámalo por su nombre (el tuyo), dile palabras dulces y amorosas, exprésale tu amor, recomiéndale algo. Sé para él el padre que necesitabas cuando tenías esa edad.
Psicóloga: Irina Parfénova
Ver: FUENTE

TATUAJE - INTRODUCCIÓN

A
Hace meses que pienso que tengo un TOC. Es lo malo de poder consultar de todo en internet, adivino cosas de mí misma que nunca había planteado. Un Trastorno Obsesivo Compulsivo, como lo llaman los psiquiatras. Aunque ninguno de ellos ha sabido diagnosticar ni eso, ni nada de nada.
A la primera crisis de pánico ya me trataron con ansiolíticos que nada arregló, al contrario. Una de las veces que fui a urgencias padeciendo esas crisis la doctora que visitaba y que seguramente había visto pocos pacientes así, preguntó si había tomado drogas. La miré sin entender nada. ¿Drogas? Creía que me moría y ella lo achacaba a alguna raya de coca o alguna pastilla de diseño. No fue capaz de precisar nada, ni siquiera me hizo caso. Volví a casa igual que había llegado con la prescripción de acudir al médico de cabecera y, visto lo visto, yo misma le pedí a aquel buen hombre que me enviara al psiquiatra. En las no demasiadas horas de especialista en trastornos psíquicos fue cambiando la medicación hasta que uno de ellos hizo la pregunta del millón.
          — ¿Tienes ganas de morir?
          — No— contesté pensando en lo estúpido de la pregunta y no en lo que tenía de transcendente. Fue entonces cuando advertí que no sabía a qué había ido allí.
          — Entonces ¿qué te ocurre?
          — No lo sé—. “No soy médico”, cavilé recelosa.
Le expliqué que siempre había tenido ganas de vivir, descubrir, reír, cantar, bailar… de hacer millones de cosas, pero en la actualidad resultaba imposible. Temblaba cuando algo me alteraba. No podía concentrarme. Todo empezaba por las piernas y subía por el cuerpo, eran millones de hormigas por dentro de la piel. Después sentía algo así como impulsos eléctricos en la cabeza, pitidos, ruidos, como si anduvieran por dentro. En esos momentos creía que iba a morir, pero ni siquiera lo había planteado como una realidad. Es diferente creer a tener la certeza. Creo con firmeza que morir no es doloroso, que morir cuesta muy poco. Lo que cuesta de verdad y produce dolor es estar vivo. Eso es cierto.
          Aquel anodino hombre que se llamaba psiquiatra, o al menos eso ponía en la mesa de un despacho de un edificio de la seguridad social, prescribió otra medicación y me dijo que volviese en un mes. Y cómo la otra vez —quizás no recordaba quién era ni porqué estaba allí, bueno seguro que no lo recordaba— volvió a preguntar después de no saber qué hacer ni decir.
          — ¿Tienes ganas de morir?
          — No — volví a decir todavía más sorprendida.
Tengo la sensación de que cuando los psiquiatras escriben en sus libretitas o en sus ordenadores sin que nosotros veamos que ponen están pensando en sus vacaciones o en el menú del día o en sus familias que todos deben de tener una. Solo era una paciente más a la que dedicar una hora de reloj hasta acabar el trabajo. Y suerte que por entonces los móviles no estaban a la orden del día porque seguro que hubiera dedicado más tiempo a sus mensajes que a mí.
          — Entonces, ¿qué te ocurre?
          Otra vez lo mismo, así que decidí que quizás era yo quien tenía que cambiar mis respuestas para que él cambiara sus preguntas. A lo mejor funcionaba.
          — Pues...
Quise explicarle que con la última medicación ya no temblaba ni tenía taquicardia, pero seguía sin poder dormir. Y las crisis de ansiedad venían cuando dormía, siempre mientras dormía. Despertar con una crisis de ansiedad perdiendo el mundo de vista, pensando en aquellos que más te importa dejar y en que les va a ocurrir si te mueres es lo más terrible que puede suceder en la vida.  En la mía al menos. Porque en realidad no te estás muriendo tan solo lo crees. Y ya lo he dicho antes, lo complicado es vivir.
— A veces pienso que me estoy muriendo.
          Todos nos vamos muriendo día a día. Tengo la sensación de que cualquier persona tiene un tiempo trazado para vivir. Bueno, quiero decir el mismo tiempo en días, horas, segundos… Lo que ocurre que hay quien lo vive lentamente. Observa. Está, pero no actúa. Cree que ya ha aprendido lo que tenía que aprender y no se molesta en ir más allá. En realidad, esas personas son muy felices. No se plantean, no cuestionan y aceptan todo lo que tenga que venir. Tienen una vida reposada y solucionada. Digamos que llegan a los 80 años y siguen con su parsimonia y su vida acomodada en un sillón sin moverse demasiado. Viven 80, 90 y hasta 100 años sin gastar una gota de vida.
          Luego están los otros, los que saben que la vida se va rápido y sin avisar, que no pueden desperdiciar un solo segundo y aprovechan hasta el último rayo de sol. Deprisa, porque creen que su tiempo es limitado. Lo creen de verdad y puede ser que por eso se gaste más rápido. Esas personas no duermen, solo corren, sufren, lloran, ríen, bailan, cantan y sus 80 años de vida se paran a los 47 o a los 50. Los dos han vivido el mismo tiempo a diferente velocidad. Unos tienen que ver con la pasión los otros con el pragmatismo. O al revés, no estoy segura.
          Es como si tuviésemos dos radios con pilas nuevas. Las dos funcionan bien; una está en marcha todo el día y toda la noche, la otra, solo la accionamos cinco o seis horas, ¿cuál de las dos se agotará antes? Nuestro tiempo va en función de lo que usemos nuestras pilas.
          Cambié la respuesta, pero él no cambió nada. El título de psiquiatra de la seguridad social debe de ir ligado al de “me importa una mierda lo que te pase. Siguiente”.
Miró por encima de sus aburridas gafas y rellenó toda una serie de papeles. Estuvo un buen rato escribiendo en el ordenador mientras yo sentía que era estúpida. Sufría un infierno desde hacía años, desde aquel día que mi hija me llamaba llorando y yo no quise hacer nada por ayudarla.  Y a aquel imbécil únicamente le importaba si quería vivir o no. Solo le interesaban los suicidas y yo no entraba dentro de sus perspectivas de trabajo. No tenía ninguna patología que le incumbiese. Quizás debería haberle dicho que cuando saliera de su consulta me quemaría a lo bonzo en la puerta. Tal vez así hubiese brillado algo morboso en su mirada.
          O acaso explicarle que ya había estado muerta. Pero creo que tampoco me hubiese escuchado. Los muertos no interesan, solo los suicidas. No era ese el caso, estaba allí por las malditas crisis de pánico que me despertaban cada noche.
          — Vaya a su médico de cabecera cada mes a buscar las recetas. Si empeora vuelva a pedir que le envíen aquí— concluyó.
          Y así acabó mi paso por el loquero. Un informe en un papel sin diagnóstico, una medicación que había detenido los temblores pero que no evitaba la angustia que me consume. No quedé del todo contenta, algo se tendría que poder hacer. Intentar saber por dónde iba antes de condenarme a pasar la vida con una medicación que no sabía si me iba a ayudar en algo.
Cuando no conoces a los médicos crees que ellos tienen la obligación de arreglarlo todo. Y cuando los conoces, después de pasar de uno a otro, acabas con la certeza de que no todo se aprende en la facultad y que la mayoría son incapaces de empatizar con ninguno de sus pacientes. Un médico debería de sufrir todas las enfermedades posibles antes de ejercer para poder saber qué siente alguien que acude a él en busca de ayuda.
          Y finalicé con sus visitas y decidí ir al ginecólogo. Las crisis de pánico más horrendas coincidían con los días anteriores a la menstruación. Para mí, que no sé de medicina, tenía algún significado que un profesional sanitario titulado debía saber. Y todavía confiaba en ellos.
Y aquella ginecóloga — porque, aunque parezca mentira, era una mujer — me dijo que visitase un psiquiatra. Ni siquiera entendió que ya había ido y no había servido de nada. Tenía una larga lista de gente esperando. Con lo denigrante que resulta ir a la consulta de un ginecólogo y que te haga sentarte en aquella horrible camilla y explore tus partes más íntimas sin ningún tipo de humanidad.
          Aquel día aprendí lo que significaba ser médico en una sociedad de enfermos. Decidí por mi cuenta y riesgo dejar de ir a especialistas que no levantan los ojos de sus papeles rellenos de burocracia. Solo voy a buscar la receta sin diagnóstico. El médico de cabecera no hace preguntas, firma el papel y ya está. A menos no le interesa si tengo o no ganas de vivir.
          A veces todo es más sencillo de lo que parece.
          Pero volvamos a mi TOC. ¿Por qué sospecho que lo tengo? Voy a enumerar mis manías.
          Uno. Tengo una monomanía especial, la de hacer miles de combinaciones con los números y las letras de las matrículas de los coches. Estúpido, sí, pero a mí me vale para recordar muchas cosas y para relajar la angustia que me produce viajar. Por ejemplo, una vez vi una matrícula con los números B—1569. Empecé a hacer mezclas sin sentido hasta que salió el día, el mes y el año de mi nacimiento. Prodigioso. Y así recuerdo cumpleaños de mi familia, de mis hijos, la fecha de mi boda, hasta el día que murió algún escritor, músico o pintor famoso. Iba a decir artista, pero hoy en día el concepto de artista está desvirtuado.
Dos. Ya lo he dicho, no soporto viajar. Días antes de emprender un viaje el estómago se me irrita, vomito, estoy irascible, grito, lloro y nadie me entiende. Simplemente intento hacer entender que tengo miedo a irme de mi casa y no volver nunca más.
Tres. No puedo soportar hablar por teléfono, me pone nerviosa escuchar que me hablan al oído y no ver los ojos ni el rostro de quien me está susurrando. Nunca llamo a nadie ni me gusta que me llamen, me aíslo de todos en una casa apartada donde solo los gritos pueden llegar a mis oídos y por supuesto para charlar con alguien primero tengo que verle la cara. Esto me crea muchas animadversiones porque nadie puede concebir su vida sin teléfono, yo solo la concibo aislada, en silencio, sin nadie.
Cuatro. Necesito siempre tener las manos limpias. No puedo sentir asperezas, ni manchas de nada. No como fruta que haya que pelar con las manos. Hay jabón cerca de cualquier grifo de la casa, jabón del que huele a limpio. Y es que cuando noto las manos sucias no puedo reaccionar. Tengo que lavarlas de seguida, una, dos, tres... veinte veces al día e incluso más. Y el olor de las manos es muy importante para no enloquecer.
          Pienso entonces en los gatos que se pasan el día aseándose y en lo que decía mi abuela cuando les veía:
—Vamos a tener visita.
Los gatos deben de tener un TOC sin saberlo, mira tú por dónde. No pueden mirar internet ni les interesa demasiado. Ellos comen, duermen, se lavan cientos de veces al día, esperan la visita. No hacen nada más. Y sin embargo, nunca he visto un gato en el psiquiatra. Como mucho con una crisis de ansiedad por comer o por procrear, las dos únicas cosas que sirven para algo.
           Las manos delimitan mi estado emocional, por eso debo limpiarlas continuamente. Tengo pastillas de jabón en los armarios, en los cajones de ropa, en la mesita de noche, en las librerías. Aquellas noches en que no puedo dormir necesito encontrar ese olor. Ningún otro, solo ese. Cuando lo encuentro los temblores se calman. Pero hay veces que los días de lluvia me traen un olor a humedad como a sótano y entonces vuelvo a estremecerme y las piernas se convierten en un ejército de hormigas que suben hasta el cerebro. Odio ese olor tanto como el metálico. Ese, ese olor que desprenden los fontaneros cuando vienen a casa a arreglar un grifo.
          Cinco. Suplo la falta de sueño resiguiendo las líneas de todos los muebles de la habitación. Es verdaderamente obsesivo. Empiezo por la línea recta más larga y continúo por el borde de cualquier objeto con la mirada. Los libros, las cajoneras, los enchufes, las sillas… y todos ellos parecen tener un filo brillante que debo dibujar. Sobre todo, es sumamente escatológico seguir los detalles más pequeños, cuadros minimalistas y en los que los colores pierden la realidad. Yo siempre la encuentro.
          Seis: Odio que alguien me tire agua a la cara o que me sumerjan bajo ella, aunque sea en broma. Soy capaz de dar un buen sopapo a quien lo haga.
Otra, muchas otras, cuento. Me imagino un metrónomo o un reloj de los que suenan tic—tac—tic—tac y cada vez que la flecha se dirige a la derecha digo un número, 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10… 350, 351...
          Aun así el sueño no llega y me mantengo alerta, observando las sombras que deja la lámpara. Mantengo una luz encendida de noche porque creo que hay alguien en la habitación. Oigo una respiración, veo una sombra. Otras veces, — si es que consigo dormir — me despierto y la lámpara está apagada, busco al instante el interruptor y por más que lo enciendo no hay luz. Y alguien en la habitación se ríe de mí. Es una risa fácil, simplona, con olor metálico y sótano.
          Dicen que escribir sobre tu vida es una terapia, que puede sanar viejas heridas, que te devolverá la cordura y conseguirás perdonar a todos aquellos que te han herido de manera incluso involuntaria. Eso dicen…
          A veces creo volverme loca. Otras veces lo estoy. Por suerte para mí, Ricard me ha dicho que los locos no saben que lo están.


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LA EXCELENCIA ESTÁ EN LOS HOGARES (SEGUNDA PARTE)

Fue en la siguiente generación cuando los padres entraron en los colegios. No como los Hunos, pero casi. Esto que debería ser una buena cosa, se convirtió poco a poco en la pesadilla de todos los docentes. 

De todos es sabido que cada niño y/ niña son los reyes/reinas, principes/princesas de sus casas. En esto estaremos de acuerdo y lo más acertado es que lo sean. En su casa serán los mejores estudiantes i estudiantas, los más guapos y guapas, los mejores en todo, la niña y el niño de los ojos de su padre y de su madre. Es la primera inyección de auotestima que todo ser llegado a la tierra recibe.

Pero no nos engañemos, el ingreso en el colectivo es otro. En la primera sociedad en que viven, el colegio, ya no serán el más guapo ni el más aplicado (buf,  utilizo el masculino sólo para que esto no se convierta en uno de esos interminables discursos de un político).

En el colegio será el que lleva gafas (nosotros les llamabamos gafotas), el entradito en quilos (en mi época eran gordos), el del pelo de color naranja (es decir, el pelirrojo) y así hasta acabar los calificativos. Y eso no es ni malo ni bueno, es simplemente lo que marca la diferencia con los demás compañeros.

El problema está cuando, al salir del colegio, el niño le dice a sus padres:

- En el colegio me han llamado gordo.

Los padres se miran angustiados y lo primero que hacen es llamar al psicólogo, para que esto no le cree un trauma irreparable de por vida. Al día siguiente, se personarán en el colegio y querrán saber el nombre, apellidos y dirección de quien sea que ha insultado a su hijo. Ojo, son los padres los que hablan  de insulto, ser gordito no es ninguna cosa de la que avergonzarse porque los hay en todos los estamentos sociales. Para niños de parvulario no existen los insultos hasta que los oyen de labios de sus padres. Y es que quieren que sus hijos sean en el colegio lo mismo que en casa, los reyes. Y eso, de verdad, es imposible.



LA EXCELENCIA ESTÁ EN LOS HOGARES (PRIMERA PARTE)

Viví mi adolescencia en un barrio obrero de Badalona. Y cuando digo obrero, me refiero a gente que dejó su casa y su familia en una Andalucía o Extremadura sesgada para intentar vivir en un lugar donde todo era diferente.

Estudié en un colegio con nombre de dictador y que nos intentaba adoctrinar en el amor a la patria, la misma que nos había quitado dignidad y comida. Eran tiempos muy dificiles, pero si tengo que decir que muy diferentes. Tan diferentes, que hoy no entiendo el descalabro de todo lo que ocurre a mi alrededor. Y eso me hace sentir mayor.

En mi clase, éramos cuarenta alumnos y no recuerdo que nadie hiciera eso que llaman bullyng y que me suena a anglicismo de tarde de pub o de McDonalds. En clase había el empollón (yo era una de ellas), el tonto ( a veces también era de ellos), el chulo (pues también), la guapa (así en femenino),  la fea (también en femenino) , el cachas (claro que en masculino), y muchos más que harían esta lista interminable.

Però, casi todos nos considerábamos de todos los grupos, menos  guapas (en femenino), que había mucha baja estima por aquel entonces. Nunca hicimos bullyng a nadie, proque todos eramos de todo. Y nos aceptabamos tal y como eramos y tuve las mejores amigas que he tenido en toda mi vida. Y los domingos por la tarde nos ibamos a casa de alguna de ellas y nos pasabamos la tarde hablando. Qué tiempos tan tristes y al mismo tiempo tan felices, porque era época de contrastes. De negro y blanco, como la tele. Nuestros padres nunca fueron al colegio para defendernos y si algo teníamos claro era que nunca nadie debía decir a nuestros padres lo que pasaba en el colegio, porque ellos nos repetían al salira de casa casi cada día: Que nadie venga a decirnos que has hecho algo malo.

LAS OCHO MONTAÑAS

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